Arte, televisión y solidaridad
Entrevista

Carlos Roldán López:
«La estética solidaria es sobre todo antisolidaria: incide en dar lo que sobra»

Introducción

Tres mini piezas sobre la solidaridad

Piezas breves

«El tipo muerto frente a la floristería»
Escena de Alejandro Jornet

«El amigo invisible (instrucciones para un sudoku)»
Escena de Ruth Vilar

«Agua de arroz»
Escena de Wladimir Veral




Carlos Roldán
exprés

Málaga (España), 1973. Licenciado en Derecho y Filosofía. Experto Universitario en Teoría estética y Arte Contemporáneo. Secretario nacional de la Sociedad Española de Estudios de Nietzsche. Fundador del grupo de investigación teatral El Alba de Apolo. Profesor de Filosofía y Estética del Cuerpo en las Artes Escénicas en la Universidad Rey Juan Carlos.

Dirección teatral

—Un filósofo color de rosa (2007)
—Los clavos de plata (2007)
—El caballero de la armadura oxidada (2008)

Algunas ponencias

—En un mundo insolidario, los profesionales del Derecho, ¿a quién servimos?
—El problema de la esclavitud infantil en el mundo
—No al sexo Rey. La dimensión de la manipulación a través de la sexualidad
—La experiencia poética de la realidad como crítica del miserabilismo
—Delirando al otro: El erotismo del corazón

Publicaciones

Ardiendo en el arte: teatro alquímico y sociedad (Bubok, 2008).
 

 

CARLOS ROLDÁN,
FILÓSOFO Y DIRECTOR DE TEATRO ESPAÑOL

«La estética solidaria es sobre todo antisolidaria:
incide en dar lo que sobra»

 

Para este profesor de Filosofía del Cuerpo en las Artes Escénicas, «solidaridad» era la de antes: una actitud de vida como la que predicaban las órdenes de caballería. La de hoy no pasa de ser una inversión en mejorar la imagen personal. De hecho, muchos artistas prestan su rostro a campañas con eslóganes como «Por un euro al día salvas una vida». Según Carlos Roldán, asistimos a la «teatralización de la solidaridad».

Alejandra Garrido Buzeta
alejandramelfi [arroba] yahoo.com

 

Carlos Roldán es filósofo y director de teatro. También es Secretario Nacional de la Sociedad Española de Estudios de Nietzsche, trabaja como abogado y dirige el grupo de investigación El Alba de Apolo. En la actualidad imparte Filosofía del Cuerpo en las Artes Escénicas, en el Máster de la Universidad Rey Juan Carlos. Con Teína habló de su visión de la solidaridad y de cómo los artistas contribuyen a teatralizarla.

En tu pensamiento es importante la noción de «sujeto moderno», y aludes con frecuencia a ella. ¿Cómo defines ese concepto?
El sujeto moderno es una figuración del ser humano, bastante simplificada de este, que nace con la Revolución Industrial y que está próxima a desaparecer, a pesar de que resiste e insiste en presentarse como la única figuración posible. Es la ficción del individuo aislado, libre y egoísta que, a pesar de lo que cree de sí mismo, tiene su vida total y absolutamente reglamentada por dispositivos de manipulación de la conciencia.

Desde tu óptica como filósofo, ¿qué entiendes por solidaridad?
Un exceso filosófico que pone al otro en el lugar del yo, y pone a este último a trabajar en el embellecimiento de este mismo otro. La solidaridad es un cuidado de sí mismo consistente en propiciar el olvido de sí para hacer posible la entrega servicial al prójimo, convirtiéndose así en una obra de arte digna de ser ad-mirada. La mirada del otro sobre sí es de ad-MIRACIÓN. Quiero ser mirado por lo que hago, que es bello, justo y bueno; pero sobre todo excesivo, radical, sacrificial; y posiblemente nocivo desde el punto de vista exclusivo de la propia conservación. Se trata de la belleza en la conducta, que era para Plotino superior a la belleza corporal misma: cuerpo bello, pero también bella acción. Es un concepto collage que recoge por una parte las experiencias del viejo militante revolucionario e idealista —el viejo topo de Negri—, por otra las exigencias de disolución del sujeto moderno de Nietzsche y Foucault y, en un tercer término, la vuelta a Grecia, a la solidaridad como experiencia límite de la vida y de sacrificio del yo en los otros.


¡QUE VUELVAN LOS CABALLEROS ANDANTES!

¿Qué relación mantiene ese sujeto moderno con ella?
Digamos que la solidaridad del sujeto moderno no es solidaridad. Porque si hay algo que define la misma es el desprendimiento propio, el olvido de sí mismo y la entrega absoluta al otro. La solidaridad es un comportamiento excesivo donde el centro deja de ser el propio sujeto para serlo una idea, una idealización: La Humanidad, o lo que sea. La llamada «solidaridad» para el sujeto moderno no es más que una teatralización muy cándida de un idilio imaginario con el otro. Esta teatralización es tan repetitiva, tan cándida, que termina por mostrar lo que realmente oculta: que la solidaridad en el sujeto moderno es imposible. La constante y repetitiva referencia a la solidaridad, sobre todo en estas fechas (Navidad) es un dispositivo de autoafirmación del sujeto moderno, el mismo que necesita de la acumulación y el expolio del otro para sobrevivir. Esta repetición es tan obsesiva, tan frecuente, que lo que pone al descubierto es la absoluta ausencia de ella. El sujeto moderno, volcado en el propio yo como centro por definición, no puede conceder al otro ni siquiera la existencia;  pero, de alguna manera, necesita simular que se preocupa de él   

¿Tiene que ver con lo que entendemos como ayuda desinteresada?
En la medida en que sea una acción que no busque recompensa para sí, tiene que ver. La acción sin recompensa implica un olvido de sí, que colabora en una estrategia progresiva de la propia transformación de individuo —egoísta— en obra de arte. En cambio, para el sujeto moderno la acción desinteresada es simplemente una excepción, un alto en el camino dentro de un conjunto de acciones normalmente encaminadas a engordar el propio yo, por lo que su función es en realidad egoísta: se trata de un lavado de imagen... El sujeto solidario, así entendido, gana más que su supuesto beneficiario: gana lo que le permite seguir siendo egoísta sin culpabilizarse. La solidaridad es para él una inversión.

Intuyo que no siempre fue así. Antes de acuñarse el concepto de sujeto moderno, ¿cómo era?
Heroica. Era una estética del riesgo, no era hija de la miseria sino de la necesidad de experiencias. Digamos que la solidaridad estaba más unida a una configuración literaria de la vida, relacionada con la existencia de damas desvalidas, niños abandonados o grandes peligros colectivos: es el orden de caballería de Raimundo Llulio. La solidaridad como caballería estaba ligada a una configuración literaria de la personalidad, la nuestra a una experiencia disolvente de la misma.


EL PAPEL DE LOS ARTISTAS

¿Por qué necesitamos teatralizar la solidaridad?
Necesitamos teatralizar la solidaridad para que suene menos pavoroso la inexistencia absoluta de esta, o nuestra indiferencia de la misma. Hay un gran silencio en el ruido cotidiano que ata los días, los hace iguales;  la estética solidaria los hace estúpidamente más llevaderos. Para subsistir, la Modernidad y el sujeto moderno han tenido que expoliar —y no sólo hablo de economía— sin integrar, sin asimilar; y ahora no digiere lo que traga... La modernidad muere de obesidad mórbida en todos los sentidos: la solidaridad como experiencia de autodisolución del yo moderno que se desparrama en los otros.

¿Qué papel desempeñan los artistas en este contexto?
Los artistas forman parte de la familia del consumidor, son caras familiares que están completamente desconflictuadas; luego son fiables. No generaría el mismo efecto un político. Los artistas se infantilizamos simulando candidez para que la publicidad de guerra funcione. Bajan la voz y entonces formulan el terrible imperativo categórico: «Por un euro al día salvas una vida». El efecto de la publicidad subliminal es terrible: la vida de una persona vale un euro. Por un lado, el espectador se siente culpable si no se desprende de ese euro y, por otro, interioriza un mensaje muy poco solidario, ¿verdad? Ambas violencias —la del chantaje emocional y la subliminal— son percibidas por el espectador sin percatarse de nada, gracias a los artistas.


SOLIDARIOS... CON LA PUBLICIDAD DE GUERRA

¿Qué implica la presencia de lo estético en este tipo de acciones?
Lo estético de la solidaridad implica tapar un agujero; de alguna manera de lo que se trata es de la proliferación hasta la saciedad de una cadencia gestual que lo que hace es precisamente aumentar los efectos de la carencia de esta. La estética solidaria es fundamentalmente antisolidaria, porque incide en dar lo que sobra, no en dar lo que se necesita. Y en este sentido la función de la Navidad es precisamente dotar de excepcionalidad al comportamiento solidario. Sólo se debe ser generoso una vez al año, el resto es para el yo. Además, el patetismo estético de estas fechas genera un estado de embotamiento.

¿Cuál es la utilidad de esta estética?
La estética solidaria es publicidad de guerra. Se trata de esconder, de hacer invisible. La proliferación publicitaria de las buenas intenciones, justo en el momento dónde se hace más palpable la pulsión consumista y los mecanismos de expolio de las materias primas de otros pueblos, juega el papel de la publicidad bélica. Nada se diferencia de la misma: temas tabú,  giros de lenguaje, insistente repetición del mensaje y censura de los mensajes «negativos». La sonrisa del niño repetida hasta la saciedad junto con el papel coreográfico de los artistas, genera una progresiva infantilización simulada; es como una gran fotografía en blanco y negro de familia: todos sabemos que en realidad eran sonrisas simuladas, que ese paraíso nunca existió.

 

 

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