Invitación a la lectura

Lengua e identidad, por Ignacio Echevarría

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La balumba

Fernando Díaz, Rafael Courtoisie, Roxana Popelka, Pedro Lemebel, Pablo Silva, Alejandro González, Cristina Cerrada, Jon Bilbao, Constantino Bértolo y una antología de relato breve

Tintalabios

Constantino Bértolo:
«Busco autores que hablen de la precariedad como una manera de estar en el mundo»

Rodrigo Fresán:
«Contar buenas historias de la mejor manera posible: allí empieza y termina todo»

Pote Huerta: «Queremos intervenir en la cultura de nuestro país, queremos intervenir en la realidad»

Sergio Chejfec:
«La literatura, si sirve para algo, es para complejizar lo existente»





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ESPAÑOL NEUTRO: UN IMPERATIVO COMERCIAL

Lengua e identidad


Frente a quienes ensalzan el vigor del español, Juan Villoro o Enrique Fogwill han señalado desde hace años que nuestra lengua literaria es débil. La industria cultural ha impuesto circuitos editoriales a los que las nuevas generaciones de escritores acceden a través de la estandarización del idioma y de los planteamientos narrativos. El resultado, según el crítico Ignacio Echevarría, es una lengua «escasamente colorida» y con «pocas variedades dialectales».

 

Ignacio Echevarría
Ilustración: Collaterages

 

Hace escasas semanas, el escritor chileno Alberto Fuguet recordaba cómo el español fue para él una lengua tardía. Fuguet vivió en California sus primeros doce años, y allí “todo era inglés, sin subtítulos”. Convencidos de que no iban a regresar a Chile, sus padres lo protegieron de la cruz de ser inmigrante omitiendo de su vida el español. Luego, ya en Chile, en los años más negros del pinochetismo, Fuguet tuvo que aprender español rápidamente. “Hablarlo no era tan complicado”, recuerda, “sólo estaba el tema del maldito acento. Leerlo y escribirlo, en cambio, me parecía sencillamente canallesco”. En la escuela obligaban a Fuguet a leer novelas que no entendía, “novelas que transcurrían en tiempos inmemoriales, en un lugar llamado España donde se hablaba el español de una manera rara y, lo que era peor, lo escribían a la antigua”. Del encono contra esa lengua “muerta, mentirosa, difícil y cerrada en sí misma”, y de su necesidad de hacerla habitable, arrancaría Fuguet la determinación de convertirse en escritor.

La experiencia de Alberto Fuguet es extrema, pero muy elocuente a la vista de una tendencia que él mismo ilustra ejemplarmente. Se trata de una nueva forma de resolver el problema que, en cuanto lengua literaria, el español ha supuesto y sigue suponiendo para los escritores latinoamericanos.

Frente a quienes se llenan la boca refiriéndose al español como una superpotencia lingüística, Juan Villoro habla de una lengua literariamente débil, de la que el escritor latinoamericano, por lo menos aquel que cotidianamente convive con otras lenguas distintas del español (las de las comunidades indígenas), no se sentiría depositario absoluto. Por ahí se explicaría, al menos en parte, la tendencia a escribir en un lenguaje que diverge del habla común, un lenguaje en cierto modo abstraído de sus propios localismos. Desde este punto de vista cabría hablar, en relación al conjunto de la literatura latinoamericana, de una corriente profunda que, ya desde sus orígenes, apuntaría a la creación de una especie de koiné literaria, de una suerte de interlingua —o latín— forjada a partir de un determinado nivel de autoconciencia a la vez cultural e idiomática. La tensión entre esta corriente y aquella otra, de sentido contrario, que mueve a trabajar con los elementos más íntimos y privados de la lengua, habría establecido una dialéctica en función de la cual podría intentarse todo un recorrido por las literaturas del continente.

En esa dialéctica, sin embargo, se habría ido infiltrando progresivamente, sobre todo en las últimas décadas, un elemento distorsionador, consistente, por un lado, en la superposición de un imperativo comercial al imperativo cultural de esa koiné literaria, y consistente asimismo en la creciente colonización de esa koiné por parte de parte de una lengua y una cultura hegemónica como es la anglosajona (que actuaría asimismo de koiné, pero a escala planetaria).

A propósito de la publicación, en 1999, de Líneas aéreas, voluminosa muestra de la joven narrativa latinoamericana, se destacó ya [véase la página 178] lo insólito que resultaba que un área idiomática que comprende decenas de países y cuatrocientos millones de hablantes produjera una lengua literaria al parecer tan escasamente colorida, con tan pocas variantes dialectales, tan uniforme léxica y sintácticamente.

No puede caber duda de que, aquí y allá, hay escritores que trabajan desde la perspectiva del idioma, como los hay también que trabajan sobre ciertas referencias y problemáticas que suelen ser tachadas —imbécilmente, la mayor parte de las veces— de locales. Pero no hay duda tampoco de que los circuitos editoriales están cada vez más filtrados por exigencias y expectativas que tienden a obviar estas líneas de trabajo, y que la justificable voluntad de incorporarse a dichos circuitos incentiva entre los jóvenes escritores una estandarización de la lengua y una estereotipificación de los planteamientos narrativos que actúa en la misma dirección en que influyen los modos de vida urbanos y su codificación por parte de la industria cultural, en especial a través de la televisión, el cine y la música.

Con ocasión de la publicación, en 1996, de McOndo, tendenciosa selección de jóvenes narradores de España e Latinoamérica presentada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez, se tuvo ya oportunidad de señalar [véase la página 175] la proliferación de lo que, en contraste con las consignas de un desvirtuado cosmopolitismo, cabe denominar como estilo internacional. Se aludía con esta etiqueta a la uniformidad referencial, temática y estilística de la mayor parte de unos relatos reunidos bajo la invocación de una patria común, McOndo, de la que en la presentación del libro se decía, en beligerante contraposición con el Macondo de García Márquez, que es un país “más grande, sobrepoblado y lleno de contaminación, con autopistas, metro, TV cable y barriadas”. “En McOndo”, se añadía, “hay McDonald's, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos”. Y con ello se pretendía simbolizar una identidad “bastarda”, “híbrida”, deliberadamente desmarcada de “lo indígena, lo folklórico, lo izquierdista”.

Rodrigo Fresán afirma que “la patria de un escritor es su biblioteca”. Pero importa detenerse a pensar hasta qué punto esa biblioteca no constituye una patria mucho más colonizable, mucho más uniforme que la determinada por el lugar de nacimiento. Por su parte, Juan Villoro reniega —como ya hacían los paladines de McOndo, o más adelante los muchachos del llamado crack mexicano— del exotismo impuesto al escritor latinoamericano. Pero también aquí conviene preguntarse si, con todos sus lastres, ese exotismo, arraigado en una genuina vivencia de la lengua y del entorno propios, no constituyó, en definitiva, el reclamo con el que toda una literatura —compuesta por varias— adquirió frente al mundo carta de naturaleza y alcanzó difusión internacional.

Parece claro que mientras la onda bombástica de los años sesenta y setenta alcanzó a imponer en el circuito internacional nuevos paradigmas de creación verbal e imaginativa, las nuevas promociones de jóvenes escritores latinoamericanos vienen a proveer unos circuitos comerciales que más bien tienden a predeterminar los productos que se disponen a lanzar. El ascendente de los mass media y la uniformización de la vida urbana, tanto como el eclipse de las utopías revolucionarias y la consecuente asunción de un cierto cinismo político (dicho sea en un sentido muy amplio), han decantado hacia el denominado estilo internacional —es decir, hacia una mansa modalidad del eclecticismo— el potencial creativo de esa mencionada koiné, que tuvo un paradigma radical y delirante en la translengua y en la mitología forjadas por Valle-Inclán en su Tirano Banderas.

En un desolador artículo publicado no hace mucho a propósito de la actual crisis argentina, Rodolfo Enrique Fogwill, haciendo el balance de lo que cabría hacer pasar en la actualidad por identidad iberoamericana, concluía en los siguientes términos: “Nos queda la cultura: pensarse como una identidad lingüística, ya que nunca alcanzaremos la identidad política, racial ni religiosa. Pero la cultura también es un mercado y, a la vista de la tendencia a la concentración de discursos —libros en español, canciones en español, emisiones electrónicas de programas y sites en español, todos procesados bajo el liderazgo de corporaciones noratlánticas—, el encuentro de esa improbable nueva identidad cultural no nos convertirá sino en hispanics”. No hay mejor forma de diagnosticar la tesitura en la que se encuentra hoy, en las dos orillas, la literatura en lengua castellana.

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Este texto fue escrito en marzo de 2002 y procede de
Desvíos (un recorrido por la reciente narrativa latinoamericana), Ignacio Echevarría.
Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile 2007.

Lo reproducimos con permiso del autor y de la editorial.

 

 

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