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El complejo de Fausto





 

 

HALLSTATT: UNA POSTAL AUSTRIACA HECHA REALIDAD

El complejo de Fausto

 

Cuanto más viaja, más se acentúa en el viajero la descorazonadora experiencia de que ni en mil vidas podría recorrer y conocer el mundo. Así, tan sólo ver una foto de un idílico paraje desconocido puede provocarle la mayor de las desazones. Al menos, eso es lo que le sucedió al autor de este artículo con Hallstatt, una de sus (muchas) debilidades personales.


Alberto Torres Blandina
albertukituk[arroba]yahoo.es

 

Cuando vi aquella foto comencé a llorar. Fue una sensación muy física: la congoja subiéndome por el pecho y la garganta, y entonces las lágrimas. Era la foto de un pequeño pueblo entre montañas, a orillas de un lago. La había visto por casualidad, hojeando una enciclopedia. Ni yo podía explicar el porqué de las lágrimas. Era entonces universitario. Las amigas con las que estaba estudiando se miraron confusas y ni siquiera intenté mentir una explicación: No sé lo que me ha pasado , es todo muy extraño.

Con el tiempo he elaborado mil teorías para la curiosa reacción, pero me quedo con la que creo más realista. La he denominado, en un alarde de originalidad, «el complejo de Fausto» y sería algo así como la desazón que produce el hecho de no poder vivir mil vidas. Creo que comencé a llorar porque aquel precioso y desconocido pueblo no era mi pueblo, porque el mundo estaba lleno de lugares que nunca vería, de gente que nunca conocería, de olores, sabores y músicas ajenas a mi existencia. Y, sobre todo, porque sabía que, aunque cogiese un avión y me plantase allí, mi propia presencia adulteraría el lugar.

El problema de viajar es que a uno le toca llevarse de viaje. Le toca llevarse las pupilas y eso no le permite ver la realidad si no es matizada. Le toca llevarse las inercias, y eso no le permite adaptarse a ritmos, gustos y diferentes comodidades y distracciones. Le toca llevarse los prejuicios —que ven antes de ver— y el idioma —que no acaba de saber ordenar la información que llega al cerebro—. Le toca llevarse la piel, el sexo, la edad, los rasgos y el carné.

En fin, que viajar con uno mismo es un problema. Para mí lo es, al menos. Cuántas veces, frente a un impresionante templo, paisaje o ritual he pensado. ¡Qué bonito sería si pudiese verlo sin estar aquí! Porque mi presencia de alguna forma borra la magia, adultera las sensaciones, trivializa cualquier lugar o acontecimiento, por insólito que este sea. Aunque sé que después los recuerdos, con mi cuerpo lejos de allí, pondrán cada cosa en su lugar y otorgarán a las vivencias la importancia que se merecen.


HALLSTATT

Investigué y descubrí que aquel pueblo de montaña se llamaba Hallstatt y se encontraba en Austria. Era famoso por sus yacimientos celtas y sus minas de sal. Entonces no existía internet, así que poco más pude averiguar. Meses después ya ni me acordaba del tema, aunque la imagen del pueblo alpino nunca me abandonó del todo. Pero la casualidad quiso que más de diez años después, planeando un viaje en bici por el valle del Danubio, el nombre de Hallstatt me sorprendiera en una guía de Austria. La casualidad me iba a llevar al pueblo, pensé. Después me di cuenta de que no quedaba cerca del Danubio, lo que me causó tristeza. Hubiera sido una excusa perfecta para visitarlo. Busqué imágenes en internet y me paseé por sus alrededores con el Google Earth. Volví a sentirme fascinado, así que decidí ir, por mucho que tuviera que desviarme de la ruta original.

Cuando el tren nos dejó en el apeadero, de buena mañana, las brumas cubrían parte del lago y los picos de las gigantescas montañas del valle emergían por encima, como islas flotantes sobre las nubes. A lo lejos, al otro lado de las aguas, Hallstatt se presentaba tan impresionante como imaginaba. Una barca nos cruzó. Yo estaba nervioso, haciendo fotos sin parar, incapaz de creer que finalmente estuviera allí. Temeroso de sentirme defraudado por lo que fuera a encontrar.

No ocurrió. Hallstatt se ha convertido en uno de mis paraísos particulares. La comida austriaca es horrible (sus platos más elaborados son el pollo empanado —lo llaman «filete vienés»— y el San Jacobo de ternera —«cordón blue»—), la música tirolesa me produce cierta hilaridad (con perdón a todos los austriacos) y no entiendo absolutamente nada de alemán. Pero no me importó nada de esto. Paseé sus valles, subí sus montañas, visité las minas de sal y el viejo yacimiento celta, recorrí todo el lago en bicicleta, me bañé en sus aguas heladas, tomé una cerveza blanca viendo el atardecer y me prometí sinceramente volver algún día. Tal vez en invierno, cuando la nieve cubre los tejados y la superficie del agua se hiela.


OTROS PARAÍSOS PERSONALES

No es la primera vez que me enamoro de un lugar, aunque en este caso fue diferente, porque me enamoré muchos años antes de visitarlo. Tengo una lista donde anoto aquellas cosas que quiero volver a hacer algún día, aunque sepa que la mayoría son irrepetibles. La encabezan Hallstatt e Indochina, pero hay muchos más lugares en ella. Demasiados probablemente.

El primero que anoté en esa lista, hace más de diez años, fue Sintra, la preciosa ciudad portuguesa con su castillo de cuento de hadas y sus jardines románticos. Después anoté Marrakech y sus noches de encanto oriental. Anoté volver a ver el atardecer desde el Beacon Hill Park de Victoria y el amanecer sobre la falla de Bandiagara. Anoté comer pescado fresco en el Bósforo y pad thai en las callejuelas de Bangkok. Bañarme otra vez en las salvajes playas de Djembering y descansar los sentidos en el oasis de dunas rojas de Ksar Rhilane. Jugar con los niños de Jaisalmer —que me apodaban Mr. Chapal (señor alpargata)— y observar las luciérnagas al borde del camino que lleva a Siem Reap. Acostarme ya de día en Berlín, escuchar Jack Johnson en Katmandú y buscar un buen concierto en el Lower East Side. Enamorarme de nuevo en Edimburgo y, si es posible, de la misma mujer.

 

 

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