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Susan George, politóloga:
«Si se quiere acabar con el hambre, hay que poner fin a la especulación financiera»

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SUSAN GEORGE, PRESIDENTA HONORÍFICA DE ATTAC

«Si se quiere acabar
con el hambre, hay que poner fin
a la especulación financiera»

 

Esta filósofa y politóloga de 72 años publicó Informe Lugano en 2001, pilar teórico del movimiento antiglobalización y documento que anticipaba el debate del G-20 a finales de 2008 sobre cómo refundar el capitalismo. Según George, la crisis actual enmascara otras dos: la ecológica y la que deriva de la pobreza, y por eso «representa una oportunidad única de mejorar el mundo». Los paraísos fiscales, la tasa Tobin o la reconversión energética son sólo algunos de los temas que aborda en esta entrevista.

 

Marta Molina
Molina [arroba] rsf-es.org

 

Un frío día de invierno, a un mes de las fiestas navideñas, en una pequeña localidad del sur de Suiza entre oficinas bancarias y boutiques de alta relojería, un grupo de «intelectuales de la política» se concentraba en refundar el capitalismo. Otro duro día de invierno, a un mes y pico del fin de año en una gigante urbe del este de Estados Unidos, entre presidentes salientes y capitolios, una comunidad de líderes mundiales se hacía humo el cerebro pensando en cómo sostener en pie el sistema financiero mundial. Entre ambas citas no puede decirse que haya corrido tiempo.

La primera corresponde a la narrativa de Susan George, autora de Informe Lugano, un ensayo entre la ficción y el pensamiento, y considerado la Biblia del movimiento antiglobalización. La segunda fue el encuentro de los jefes de Estado de los 20 países industrializados y emergentes del llamado Grupo de los 20, los días 15 y 16 de noviembre del pasado año. Una y otra cumbre, la imaginada y la genuina, procuraban encontrar las bases para repintar el sistema económico mundial y hacerlo más transparente, justo y equitativo. Una y otra cita, la ficticia y la real, fracasaron, dice Susan George.

En Informe Lugano: cómo preservar el capitalismo en el siglo XXI (Icaria, 2001), la autora estadounidense —con ciudadanía francesa desde 1994— anticipó la cumbre del G-20, siete años antes de que el mundo sucumbiera a «la segunda mayor crisis económica de la historia tras el Crac del 29» (Jean Claude Trichet dixit). Con millón y medio de ejemplares vendidos, todavía muchos ignoran las teorías económicas de una mujer que a sus 72 años se aburre de aclarar que —paradójicamente— nunca estudió Ciencias Económicas. Filósofa por la Universidad de La Sorbonne y doctora en Ciencias Políticas por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, ha escrito además El bumerán de la deuda, Cómo muere la otra mitad del mundo, Nosotros los pueblos de Europa y Otro mundo es posible si…

Convencida de que no podemos escapar a la crisis, insta a la ciudadanía a volcarse en las redes sociales. «Es tiempo de aliarse», exhorta. Resulta tajante e incluso dura en su discurso. Responde corto. Menosprecia la insistencia y se recrea en batallas antiguas a las que cambia el apellido para enmascarar el fracaso de esas luchas. Habla de «altermundialismo» en lugar de antiglobalización, de «Impuesto Unitario sobre los Beneficios» en vez de Tasa Tobin y de  «justicia global» en vez de deuda externa.

Resulta terriblemente atractiva en la primera y en la última palabra. Habla con notoriedad haciendo gala de sus armas de seducción. De todo, lo que más le sobra es experiencia; pues lleva años a la conquista de los líderes mundiales. Se ha colado en sus discursos —día sí, día también­— para persuadirles del momento que vivimos, aunque está convencida de que nunca leyeron uno solo de sus párrafos. No obstante, insiste para colarles un mensaje de rondón: «Estamos ante una oportunidad única. Hay esperanza, pero debemos actuar rápido». ¿No valen las recetas de los grandes organismos internacionales? «No cuando enmascaran otras crisis, como la de la pobreza y la medioambiental, que sí estamos preparados para combatir».

Estas son las propuestas para salir del atolladero de una de las voces más autorizadas del movimiento antiglobalización. Así habla Susan George, presidenta honoraria de la Asociación por una Tasa sobre las Transacciones especulativas para Ayuda a los Ciudadanos (Attac).


EL PODER INVENTA LAS PALABRAS

Usted denunció en el Informe Lugano las contradicciones del sistema capitalista que ahora nos esforzamos en refundar y avanzó el actual estado de cosas en la economía mundial. ¿Va a acusar de plagio a los líderes del G20?
Ninguno lo ha leído. Por tanto, en este sentido no hay nada que denunciar.

¿Para qué sirven las cumbres internacionales?
Para inventar términos; por ejemplo este: No Cumbre. La de noviembre fue un No Evento. No existió porque la ciudadanía mundial no les eligió para hacer ese trabajo. Lo más que pueden ofrecer es el mínimo común denominador en un momento dado. Para asegurarle algo de éxito, ese encuentro debía haber sido convocado cuatro meses después, una vez que Obama hubiera fijado las bases de su gobierno. Con George Bush como presidente de Estados Unidos, no había nada que hacer: es un pato cojo. En esta cumbre, mientras los estadounidenses presionaban hacia normas nacionales, los europeos veían el cabotaje en las internacionales. Esto limita los aspectos positivos a algunos principios generales y a unos mínimos de transparencia y de medidas reglamentarias que debían haberse aplicado hace ya mucho tiempo. No han sabido, o querido, tratar la crisis en profundidad.

Más Estado y menos mercado. El planteamiento era retocar las reglas del juego, pero al final los dirigentes mundiales han ratificado la liberalización de los mercados y han soslayado su compromiso para reforzar la reglamentación y el proteccionismo. Como colofón, la Ronda de Doha ha quedado en barbecho.
Los líderes mundiales trabajan al servicio de las elites empresariales. Escuchan antes a los grupos de presión financieros que a sus propios ciudadanos.

Las soluciones y los actores escogidos para poner remedio son los mismos de siempre. ¿Podemos concluir que nada va a cambiar?
No del todo. Habrá grandes paquetes de estímulo en diversos países, entre ellos China. Obama ha anunciado que destinará 700 mil millones de dólares para animar la economía. Era lo necesario, incluso a esa escala. Ahora todo depende de cómo se distribuyan e inviertan las ayudas. Los bancos, en particular, deberán someterse de nuevo a un férreo control estatal.


CALLEJÓN SIN SALIDA

Entonces, podemos escapar de la crisis.
No, no. Ya no hay vuelta atrás.

¿Hemos vuelto a perder otra oportunidad?
No, aún estamos a tiempo, pero debemos actuar con rapidez. Esta crisis representa una posibilidad única de mejorar el mundo. Pero cuando se la presenta como una sola se enmascaran otras dos crisis: la pobreza y la desigualdad, la financiera y la medioambiental. Esta última es la única que podemos revertir. Digamos que los problemas de los bancos están ocultando otros hechos más graves. Propongo que empleemos la crisis financiera para resolver las tres, porque aunque no lo parezca, todas están muy relacionadas. Así se actuó tras el Crac del 29, cuando se aprovecha la situación para reconstruir la economía. Estamos frente a una oportunidad única, que no es infinita y que se acabará pronto.

¿Cuáles son sus recetas para atrapar esa oportunidad?
Realizar inversiones masivas en la reconversión energética. Utilizar los grandes rescates bancarios como herramienta de presión para obligar a las entidades financieras a prestar a tasas muy bajas a las empresas. En especial, a las pequeñas y medianas que dispongan de un verdadero proyecto ecológico y que ayuden a las familias a convertir sus hogares en fuentes domésticas de energías renovables. E invertir masivamente en la mejora de los servicios públicos, en particular en el transporte. Hay un montón de dinero disponible en materia de divisas y en otras transacciones financieras que está mal dirigido.

¿De nuevo la tasa Tobin?
Hasta ahora, los impuestos sólo existían en el plano local. Lo que necesitamos ahora son impuestos a nivel europeo e internacional. Y deberíamos comenzar por la fiscalidad sobre las transacciones financieras y, en particular, sobre los cambios de divisas. Ya no hablamos de tasa Tobin, sino de un impuesto sobre las corporaciones transnacionales que se llamaría Impuesto Unitario sobre los Beneficios. Eso implica conocer lo que la empresa trasnacional ha vendido en cada jurisdicción. Pongamos el ejemplo de General Electric, que hipotéticamente ha realizado el cinco por ciento de sus ventas en España. Sería lógico que pagase aproximadamente el cinco por ciento de sus impuestos en España. Un poco más, un poco menos, pero aproximadamente eso. Antes de la crisis, unos 3,2 trillones de dólares se cambiaban cada día en el mercado de divisas. No estoy pidiendo la luna. Si dispusiéramos de la décima parte del uno por ciento de esos intercambios, recaudaríamos una cantidad enorme de dinero que podría ser invertida no sólo en la crisis climática, sino también en la social y contra la pobreza.


NECISITAMOS YA UN PACTO VERDE

¿Sería suficiente con una política más impositiva?
No. Hay más. Lo siguiente es acabar con los paraísos fiscales. Como mínimo, la mitad del valor del comercio mundial pasa en algún momento a través de estos enclaves financieros. Según la Red por la Justicia Fiscal, como mínimo 250 billones de dólares están siendo sustraídos de los gobiernos que, en caso contrario, recibirían esa cantidad de dinero en impuestos. Un nuevo pacto verde —Green New Deal— proporcionaría una importante reserva de puestos de trabajo, por no mencionar que serían empleos sanos y limpios, frente al torrente actual de bancarrotas y despidos.

¿La descoordinación de los países desarrollados agravaría las consecuencias?
El caso europeo resulta muy significativo. La Comisión Europea no me ofrece ninguna confianza: es increíblemente liberal, y sigue siéndolo incluso cuando la crisis ha desacreditado masivamente este tipo de políticas. El Banco Central Europeo actúa de manera independiente a la hora de diseñar su estrategia, sin que los países intervengan. El presupuesto se fija por ley en un miserable 1,27 por ciento del PIB. Carece de fondos estructurales significativos para integrar a sus 12 últimos miembros. Y la Unión Europea no emite bonos. Le veo poca salida a esta Europa: necesita una buena sacudida. Ni siquiera es mínimamente democrática cuando rechaza el voto francés, holandés e irlandés al proyecto de Constitución Europea. Si pienso en Europa, la única salida que le veo es caminar hacia un gran Green New Deal, pero no es la senda que eligió. Le falta intención.

¿Estamos cerca del momento en que Estados Unidos abandonará el liderazgo mundial?
Es improbable, pero si eso sucediera el mundo sería más multipolar, lo cual es bueno. El peligro pasa por que otro ocupe su lugar. El único preparado para hacerlo es China, que ha adoptado los peores aspectos del capitalismo y del comunismo.

¿Qué importancia tiene el déficit público en todo este entramado?
Maastrich ha significado un obstáculo al gasto público, por no permitir a los estados endeudarse más allá del 3 por ciento del PIB. El Pacto de Estabilidad es una medida antikeynesiana, neoliberal, responsable del elevado desempleo de la Unión Europea (7,2 por ciento en noviembre), muy por encima del de Estados Unidos (6,7 por ciento, para el mismo mes). La causa de que la Unión Europea sufra más desempleo que Estados Unidos es la menor inversión en gasto público. El gasto público incluye el gasto social (compuesto por las transferencias públicas y gastos en los servicios públicos del Estado del Bienestar) y el no social (los servicios y transferencias a las empresas, así como el desarrollo de las infraestructuras colectivas del país y la administración del Estado). La propuesta de Obama es aumentar el desembolso público (unos 700 mil millones de dólares) no sólo en el núcleo del gasto, sino también en el gasto público social (construcción de escuelas y centros sanitarios y establecimiento de un sistema electrónico sanitario). Los europeos se han dado cuenta tarde, cuando ya tenían al oso encima. José Luis Rodríguez Zapatero ha dicho que va a hacer un esfuerzo en políticas de empleo (la tasa de desempleo de España fue del 12,8 por ciento en noviembre de 2008, rozando los tres millones de parados), lo que va a arrastrarle hasta un déficit por encima del 4 por ciento. También esta es una fórmula para estimular la economía.


SIN DEUDA, SIN HAMBRE, SIN REFUGIADOS,
SIN CALENTAMIENTO GLOBAL

¿Dónde colamos la solidaridad en este rompecabezas?
Seguirán existiendo demostraciones individuales de solidaridad, grupúsculos determinados. Pero lo cierto es que la crisis la está colocando cada vez más cerca del egoísmo. No obstante, el bumerán de la deuda siempre ha estado ahí, aunque ahora va a ser mucho más visible. Si no queremos generar decenas de millones de refugiados, hay que permitir que la gente viva dignamente. El mundo es uno sólo, para unos y para otros. La cuestión es grave porque si no se resuelve este trance habrá una gran reacción de xenofobia, se culpará a los extranjeros y emigrantes de la situación de cada país. Es un muy, muy mal escenario. Nefasto.

¿Qué les queda a los ciudadanos que no ven la luz al final del túnel?
Asociarse para lograr cambios políticos y económicos. Habrá momentos puntuales de compasión y ayuda, pero he aprendido después de 30 años de estudiar estos fenómenos que no existe un grado de sufrimiento humano lo suficientemente grande para provocar cambios en las políticas públicas. Lo mejor que podemos hacer es detener el calentamiento global que sume a millones de personas en el hambre. Pero sin detener la especulación financiera, un fuerte factor del reciente incremento de los precios de los alimentos, no es posible.

España, entre cajas de ahorro y desempleo

La autora de Otro mundo es posible si... respira fuerte cuando se le pregunta por el hacer español en esta crisis. «España», dice en un arranque forzado, «está ahora mucho mejor que con el PP». Pese a la altísima tasa de paro, que rebasa ya los 3,3 millones de desemplados y el fuerte endeudamiento de la sociedad española, Susan George valora el perfil austero del sistema bancario español con una fuerte presencia de cajas, del que dice es «más inteligente que el de otros países». Aprecia, incluso, «la sensatez de los grandes bancos comerciales españoles». Aunque advierte que las empresas pueden «tropezar» si ven limitado su acceso al créditos y sus proveedores les exigen pagar enseguida. Si se encuentran en medio de éstos y de los bancos que les dicen: «lo siento pero no te puedo dar un préstamo», o «te costará un interés de 10%», su situación se complicará demasiado. Y es que, la politóloga francesa lo sabe bien: «Los créditos son la sangre del sistema».

 

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