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¿Quién es John Gray?

John Gray es profesor de Pensamiento Europeo en la Escuela de Ciencias Económicas de Londres. Entre sus libros cabe citar Las dos caras del liberalismo, Perros de paja y Falso amanecer, los tres también publicados por Paidós.

Enlaces para ampliar el tema

El crepúsculo del deber, de Gilles Lipovetky

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Copyleft, ética solidaria, socialismo

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MISA NEGRA, LA RELIGIÓN APOCALÍPTICA
Y LA MUERTE DE LA UTOPÍA
,
DE JOHN GRAY

Más realismo, menos utopismo

 

Para este filósofo inglés, no existen ni las tierras prometidas ni los pueblos elegidos ni las fuerzas del mal, y además considera que esa clase de pensamiento excluyente y mesiánico radicaliza las posturas de tal modo que impide la solución de los conflictos mundiales. Según él, es hora de comprender que el ser humano no es bueno, sino conflictivo y contradictorio por naturaleza.

 

Juan Pablo Palladino
juanpabloteina [arroba] yahoo.es

 

¿Qué tienen en común el cristianismo, el comunismo y el neoliberalismo? ¿Y si a esa lista añadimos el neoconservadurismo, el nazismo, el estalinismo, el islamismo radical o el humanismo? Cualquiera diría que se trata sólo de una clasificación arbitraria de los ismos que han marcado la historia del mundo moderno. Pocos, en cambio, se animarían a apostar por que todas estas líneas ideológicas y religiosas esconden una raíz común. A saber: un sentido apocalíptico de la historia. En otras palabras, la creencia firme de que la humanidad transita por una senda hacia un fin último —un paraíso, ya sea terrenal o divino—, al cual arribará sólo si cumple la doctrina correspondiente.

Es lo que propone el filósofo inglés John Gray en su libro Misa negra, la religión apocalíptica y la muerte de la utopía (Paidós Ibérica, 2008). El reconocido profesor de la London School of Economics desarrolla, al cabo de 300 páginas, un análisis profundo y documentado que sorprende al lector, en general ensimismado en los moldes con que ha aprendido a percibir el mundo. Y es que, Gray le desvela con lucidez la conexión embrionaria que existe entre concepciones a menudo enfrentadas. A la vez que le transmite un sabor agridulce por desmantelar, mediante un estudio desapasionado, el sentido mítico que asiste al amplio espectro de ideologías modernas, tan arraigadas en el imaginario político occidental. Cosmovisiones éstas que conciben la historia de la humanidad al servicio de una utopía.

Los movimientos revolucionarios y las religiones políticas nacidos con la Ilustración, dice Gray, conforman así, cada uno a su manera, la continuación laica del milenarismo medieval, producto histórico del cristianismo primitivo. Cristianos y milenarios creían, en términos sobrehumanos, en el fin de los tiempos y en los males del mundo a partir de la llegada de un mesías que les revelaría la verdad única y les ofrecería la salvación. En tanto que las corrientes revolucionarias modernas —aunque distintas entre ellas todas de cosmovisiones terrenales—, vistieron ese sentido apocalíptico místico en términos de utopía secular. En concreto: reemplazaron la figura de Dios por la humanidad, la acción celestial por el progreso científico, y el paraíso celestial por el terrenal.

El «rasgo característico» del pensamiento utópico de gran parte del pensamiento moderno, señala el autor, consiste en la búsqueda de un «estado de armonía». Una idea de «perfección» divina, llevada a lo terrenal, que desconoce la verdadera naturaleza conflictiva y contradictoria de la especie humana. Nada menos que el mito cristiano de la «salvación» conquistada con el tiempo. Pero una salvación secularizada por doctrinas que entienden la historia como relato coherente antes que como un cruce de situaciones a menudo inexplicable, caótico. Una coherencia, eso sí, con un significado escatológico, en el sentido de que existen fuerzas del bien que deben imponerse a sus antagónicas a partir del cumplimiento de un proyecto. En otras palabras: un viaje con un final redentor donde la tarea consiste en vencer al mal.

Y una cosa es clara: la escatología resulta más propia del cristianismo primitivo que de otros cultos, como los orientales. Retomada por movimientos milenaristas medievales y laicos de occidente, más tarde ha nutrido a las diversas corrientes de pensamiento moderno occidental. Por eso todas cuentan, según Gray, con una esencia teleológica (palabra griega en la que telos significa «fin»). Pensadores laicos tan anacrónicos y encontrados como Marx y Fukuyama, por ejemplo, heredaron esta visión, que subyace en sus respectivas referencias al fin de la historia. También lo hicieron las teorías del progreso, que conciben el devenir humano como un movimiento hacia un estadio mejor merced al avance del conocimiento.

Para Gray, esta teleología histórica destaca en el amplio pensamiento occidental, incluso por encima de los ideales de democracia y tolerancia.

Detrás de todas estas concepciones se esconde la creencia de que la historia debe ser entendida no en términos de causas de los hechos, sino de la finalidad de éstos, que no es otra que la salvación de la humanidad. Esta idea no se introdujo en el pensamiento occidental hasta el advenimiento del cristianismo, pero lo ha influido y moldeado desde entonces.


LOS PELIGROS DE LA UTOPÍA

De modo que encontramos dentro de un mismo saco a movimientos tan diversos como jacobinos, bolcheviques, nazis o islamistas radicales. Allí también aparecen otros ismos menos extremistas, pero que al final responden a una misma dialéctica escatológica. Aunque muchos rechazan el cristianismo, necesitan como éste de demonios para sostenerse. Así, que cada cual inventa sus propias, únicas, barreras históricas a vencer para llegar a la meta; pero todos coinciden en descartar para este papel «los efectos de la naturaleza humana». Como dice Gray, «siempre necesitarán de las fuerzas del mal».

El peligro de las cosmovisiones utópicas, advierte el autor, es que tienden a apelar a la violencia en algún momento para imponerse. Incluso cuando se trata de consolidar ideales como la libertad o la igualdad. Al cabo, las consecuencias de cambiar el mundo para ajustarlo a un único molde posible (el fin último, la armonía justa) requiere, inevitablemente, el uso de la fuerza. La historia brinda ejemplos paradigmáticos: desde la Rusia de Stalin y la China de Mao hasta la Alemania de Hitler, pasando por la reciente guerra de Irak preconizada por los neoconservadores estadounidenses. ¿Podemos agregar a esta serie la doctrina neoliberal y la imposición acérrima de sus políticas económicas a los países pobres como receta ineludible?

La cuestión es simple de entender. Todas las sociedades tienen ideales divergentes de vida. Y cuando un régimen utópico choca contra esas realidades, el único resultado posible es la represión o la derrota. El totalitarismo es una consecuencia inevitable del uso del poder estatal al servicio de un sueño de vida carente de conflicto.


UN ANÁLISIS ESCLARECEDOR

Misa negra examina este denominador común, con el valor de arrojar luz para comprender las motivaciones primarias, a priori disociadas, de acontecimientos actuales. Hechos que van desde la política o la economía hasta el terrorismo.

Entre las teorías de la Modernidad que Gray describe como relatos de «providencia y redención arropadas con la jerga científica», destaca la creencia en el libre mercado. La religión neoliberal pregonada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los ochenta, y que impregna los cuadros de poder en nuestros días, propugna el dominio de una mano invisible que se asemeja más a una ordenanza divina que a una ley fundada. Basta abrir los periódicos hoy para corroborar las consecuencias prácticas de esta mitología. Para Gray, las teorías de que resulta inobjetable que la libertad individual requiere de un mercado libre para desarrollarse, se asientan en «dudosos axiomas de elección racional».

A su juicio, nada más irreal que la idea de que las personas se guían siempre por elecciones racionales y metas lógicas. Y que si actúan de modo contrario responden a objetivos frustrados. Hay necesidades que ningún medio racional puede satisfacer, dice, y ejemplifica: ahí está parte del terrorismo de Al Qaeda.

En cuanto al islamismo radical, asegura que éste conforma un producto de la modernidad occidental más que de la cultura islámica, como muchos análisis pretenden explicar. De partida comparte con el cristianismo un sentido escatológico de la historia y también pretende redimir a la humanidad. Además, su lucha apunta a las sociedades tradicionales árabes; pues busca reemplazarlas por un modelo cultural que, dicen los islamistas, el propio de la época del profeta Mahoma y, por tanto, el bueno. Aunque en verdad es un modelo novedoso.

Otro rasgo moderno: «su forma de entender la violencia como fuerza purificadora», como «creación de un mundo nuevo», más común a los jacobinos revolucionarios que al popular sentido del martirio de los árabes. Hasta sus recursos humanos surgen de países occidentales, ya que reclutan a sus miembros entre los desarraigados. Gray explica este terrorismo incluso como un «producto secundario de una globalización acelerada».


LA APOCALÍPTICA
GUERRA CONTRA EL TERROR

Del otro lado, los fundamentalismos están cortados por la misma vara. Fiel al neoconservadurismo, George W. Bush ha demostrado en sus discursos numerosos ejemplos de «imaginería apocalíptica». Y la llevó a la práctica. Ahí están la guerra contra el terror y el prisma con que ha enfocado los acuerdos medioambientales. Según el autor, Bush se relaciona con lideres religiosos pertenecientes al reconstruccionismo cristiano, un movimiento que apunta a subyugar al gobierno bajo su dogma y a someter todos lo aspectos de la vida a la ley divina. Además, propugna que la humanidad debe dominar la Tierra y explotar los recursos naturales.

La guerra contra el terror es el síntoma de una mentalidad que espera con ilusión la llegada de un cambio sin precedentes en el mundo humano: el fin de la historia, la desaparición del estado soberano, la aceptación universal de la democracia y la derrota del mal. Ése es el mito central de la religión apocalíptica planteado en términos políticos, y el común denominador que unía a los proyectos utópicos fracasados de la pasada década.

Gray incluye en esta línea la tesis del fin de la historia de Francis Fukuyama, tan influyente en las políticas estadounidenses. Fukuyama defendía que la democracia liberal conformaba la única forma de gobierno posible tras la caída del comunismo.

Lo cierto es que la legitimidad de un sistema político depende de muchos factores que difícilmente pueden hacerse coincidir, y ningún tipo de régimen puede ser el mejor para cualquier momento y lugar.

El filósofo inglés carga incluso contra las pretensiones del liberalismo ilustrado. Define como imperialismo liberal la tradición que se arroga «el derecho a intervenir» aquellos Estados que incumplen los derechos humanos con sus ciudadanos. Para él, los liberales contemporáneos, al pretender imponer en un plis-plas esos principios, ignoran la historia, es decir, la evolución de acontecimientos que fue necesaria para instaurarlos. Acontecimientos a menudo trágicos y contrarios a los fines que promovían. El proceso de emancipación del individuo de los lazos comunitarios de la época medieval para crear la noción de libertad que hoy conocemos implicó la larga construcción de un puente por debajo del cual ha corrido demasiada sangre. ¿Qué otra cosa fue, si no, la guerra civil en Estados Unidos? Para Gray está claro: «Ninguna Constitución puede imponer la libertad allí donde ésta no se desea ni preservarla allí donde ya no se valora».

Además, el autor considera que las intenciones liberales de aplicar un mínimo ético universal antes que cualquier otro objetivo, aunque muy válidas, olvidan las desavenencias naturales entre aquellos derechos. Así, ilustra Gray, derrocar a un tirano puede conducir a la anarquía; y consentirlo, a la vulneración de derechos.

Pero más que deslegitimar estos principios, el autor critica la visión que los emplea como justificación de cualquier acción de poder.

Las democracias liberales no sólo están dispuestas a cometer actos que, cuando son perpetrados por regímenes despóticos, son condenados como muestras de barbarie, sino que están siempre prestas a elevarlos a la categoría de heroicos.

¿Alguna coincidencia con la guerra contra el terror? ¿O con el ataque israelí a Palestina?


MÁS SPINOZA Y MENOS HOBBES

En su libro, Gray reconoce que, como decía Hobbes, los humanos pueden «trascender su condición natural» y, con esta fe en la superación, sustentar gobiernos y orden social. Pero coincide más con Spinoza, para quien ese orden se descompondrá cada tanto para dar paso a la anarquía. Y es que, apunta, «el gobierno no puede abolir los males de la condición humana» y «no hay razones para pensar que ese ciclo terminará algún día».

Así llega a pedir un poco de realismo para encarar la realidad. Realismo frente a las filosofías del progreso que proponen un avance hacia un mundo mejor sólo merced al conocimiento. Y realismo frente al resto de posiciones utópicas donde impera el ideal de una humanidad exenta de conflictos.

En realidad, la humanidad no puede avanzar ni retroceder, porque la humanidad como tal no puede actuar: no existe ninguna entidad colectiva que esté dotada de intenciones o fines, sino únicamente unos esforzados y efímeros animales con sus propias pasiones e ilusiones individuales.

El «esfuerzo de afrontar la realidad» que reclama el autor se asienta en la inexistencia de una historia que pueda pensarse al estilo narrativo del género apocalíptico cristiano. Y porque, en todo caso, una visión teleológica entraña engaño y peligro.

Cuando las políticas se basan en el supuesto de que un misterioso proceso de evolución está llevando a la humanidad hacia una tierra prometida, se genera una mentalidad que no está preparada para abordar el conflicto que no tiene solución.

Aunque los realistas reconocen «unos valores que reflejan las necesidades humanas», siempre tienen presente que éstas son «muchas y discordantes». Y que la armonía ética pertenece más al terreno del utopismo que al de la realidad, donde los conflictos morales resultan ineludibles y las formas de resolverlos se multiplican. Por tanto, propone eludir la idea de que las relaciones internacionales constan de problemas solubles. Puesto que hay situaciones en que «haga lo que se haga, se hará mal».

¿Qué queda? Escoger entre aquellos males menores para servir de «contención» ante los peores. Y no hay posibilidad de eludir la elección, pues las situaciones injustas son intrínsecas a la condición humana. En política exterior, dice el autor, estos males los encarnan la anarquía, la tiranía y la guerra que «amenazan una vida confortable». Claro que, siempre será «más civilizado» evitar la paja en el ojo ajeno. Esto es: «suprimir la tortura» de las propias instituciones a emplearla para «promover los derechos humanos».

En definitiva, el realismo que demanda Gray se sostiene sobre una premisa básica:

Se necesita cambiar la visión de la historia según la cual los seres humanos son criaturas buenas y acosadas por una historia de violencia y opresión de la que no son responsables. Ninguna teoría que piense que los impulsos humanos son benévolos, pacíficos o razonables por naturaleza puede ser creíble.

 

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