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El crepúsculo del deber, de Gilles Lipovetky

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La globalización de la solidaridad

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Copyleft, ética solidaria, socialismo

El camino hacia la ética solidaria, por Victoria Camps

LA POSÉTICA, web de Esther Díaz

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EL DERECHO DE ASILO: EUROPA BLINDA SUS FRONTERAS

Los pobres con los pobres,
y los ricos con los ricos

 

Entre la Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay acogen a unos 9 mil refugiados. Y la cifra crece. El fenómeno se debe a que Europa está cerrando sus fronteras a todos los inmigrantes, incluso a quienes huyen de sus países por causas políticas o por conflictos bélicos favorecidos por las multinacionales. La solidaridad que predicaba la Convención de Ginebra está en crisis: los que menos tienen son hoy quienes más hospitalidad dan. El reparto de asilados iraquíes es un claro ejemplo.

 

Emiliano Cosenza
ecosenza [arroba] gmail.com

 

Gimme, gimme shelter
or I'm gonna fade away.
The Rolling Stones

Marie Eduard Carius corrió mientras deseaba que todo fuera una pesadilla. Pero lo que vivía era pura realidad. Salió eyectada de Port-au-Prince, capital de Haití, en 2003, para escapar de la violencia y la fragmentación social que, desde hacía dos años, estimulaba el tercer gobierno de Jean-Bertrand Aristide. De a poco, los habitantes veían cómo su país, se convertía en uno de los más pobres y peligrosos de América. A esto se sumaba el conflicto medioambiental causado por la deforestación masiva y las consecuentes inundaciones, que cada año expulsa de la tierra a miles de personas.

«Un grupo del gobierno mató a mi padre y a mi hermano mayor», relata Marie en un castellano imperfecto, pero comprensible. Con sorprendente naturalidad, agrega: «Me quemaron la casa y decidí irme». Huyó con lo puesto. Dejó al resto de sus hermanos, su madre, su marido y su hija de siete años. Pasó por Santo Domingo, capital de República Dominicana, y luego se trasladó a Panamá. Pero su estadía no duró más que unas pocas semanas; alguien le dijo que la Argentina era mejor y ella no lo pensó demasiado: el 11 de marzo de 2003 llegó a Buenos Aires. Tenía 33 años y la intención de descansar del miedo, las persecuciones y los asesinatos.  

A la hora de solicitar asilo, Marie fue asistida por el ACNUR (estas son las siglas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, una de las agencias de la ONU que vela por la protección de las personas que huyen perseguidas por motivos políticos, religiosos, étnicos...). Después de al menos un año de trámites en el Ministerio del Interior, se convirtió en una de los 2.600 refugiados reconocidos por el Gobierno argentino. Desde 2004 tiene los mismos derechos que un extranjero con residencia legal en el país, y también los mismos, o peores, obstáculos. Aunque su vida mejoró notablemente —cualquier lugar fuera del infierno parece bueno—, nunca pensó que Buenos Aires también la haría sufrir. «En muchos lados me discriminaron por refugiada, por negra y pobre», cuenta. De pronto endurece su tono: «Cuando iba a presentarme a un aviso de trabajo, ni siquiera me preguntaban nada, me veían y me decían: “Esto no es para vos”».

Con esfuerzo logró traer a su hija, que ahora tiene 12 años, y un tiempo después a su marido. Él fue el último en llegar, y el primero en irse: falleció el año pasado. Marie prefiere olvidar el tema. Lo extraña, al igual que a los afectos que quedaron a miles de kilómetros. «En estos momentos no me gusta nada la ciudad porque me siento mal», confiesa. «Me acuerdo de la casa que tenía, de mi madre y mis hermanos, que todavía están allá». Sus deseos de regresar se evidencian en cada gesto, palabra, suspiro. Aunque agradece la solidaridad y disfruta de la seguridad que tiene en la capital porteña, sufre la discriminación y la falta de empleo. Le resulta imposible olvidar que su familia se encuentra fragmentada y acribillada por el dolor y la pérdida. Ni siquiera tiene dinero suficiente para traer a los que restan. «Bueno, es así: viviendo, sufriendo. Y a veces una se pregunta: ¿por qué?», concluye.


LOS FLUJOS MIXTOS

Historias como las de Marie demuestran que la Argentina está lejos de conformar un paraíso para los refugiados. Sin embargo, la cantidad de personas que solicitaron asilo en el país se ha duplicado. «Es remarcable cuán poco debate necesitamos para aprobar cada uno de los documentos regionales para fortalecer la protección de estas personas», aseguraba el ministro de Relaciones Exteriores argentino, Jorge Taiana, en una entrevista con el ACNUR. «Lo que en países desarrollados lleva años, en América Latina apenas un pequeño proceso preparatorio; existe un consenso enorme en ese sentido».

Distribuidos entre la Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, viven actualmente 7.000 refugiados y 1.800 personas solicitantes de asilo que aún se encuentran a la espera de una resolución por parte de cada gobierno. Taiana, que conoce muy bien estas cifras, asegura: «Ningún refugiado dirá que la Argentina es un paraíso, pero todos coincidirán en que la recepción ha sido generosa y que, más allá de sus tragedias, hay una vida posible aquí».

El aumento de admisiones «se relaciona con la acogida, el tipo de asistencia y la protección que en muchos países desarrollados hoy se elude», afirma Laura Canals. Ella integra la Unidad de información pública de la oficina regional del ACNUR para el sur de América Latina. Lo dicho, en gran parte de la Europa actual los refugiados ni siquiera encuentran la posibilidad de solicitar asilo, pues las administraciones se muestran incapaces de distinguirlos entre los flujos mixtos de migración. «Suele ponerse a todos en la misma bolsa y no se diferencia entre ellos y los llamados migrantes económicos», afirma Canals. Y especifica: «Eso sucede, por ejemplo, con los marroquíes que llegan a las costas españolas, a quienes se les niega la entrada y en ocasiones se los devuelve, como al resto» de quienes intentan acceder a España para buscar trabajo.

La Convención de Ginebra de 1951, a la que se encuentran adheridos más de 140 países, entre ellos la Argentina y España, define claramente cuándo una persona debe gozar del derecho a asilo. Cuando,

[...] debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país.

Canals, por su parte, puntualiza: «La mayoría de los refugiados quieren regresar a su país, pero no pueden: escaparon de su hogar porque no les quedaba otra, porque era huir o la muerte; ahí está la diferencia con el resto de los flujos migratorios».

La aclaración es significativa. Para las ONG y especialistas en la materia la diferencia es de vida o muerte. Cuando un Estado confunde un refugiado con otro tipo de migrante y lo devuelve con el discurso de proteger la seguridad nacional, le está regalando un pasaje a su perdición. 


EL BLINDAJE DE LOS RICOS

Suena irónico que los países pobres demuestren más solidaridad que los ricos con las víctimas de estos últimos.  ¿Cómo si no?

Los países latinoamericanos, ubicados en esa estigmatizante categoría de «Tercer Mundo», abren sus fronteras a los perseguidos de conflictos cuyo origen revela contextos de pobreza y un sistema de explotación económica internacional. De hecho, en 2007 la mayoría de los alrededor de 15 millones de refugiados y de los 42 millones de desplazados internos (quienes huyen dentro de sus fronteras nacionales) provenían de poblaciones donde se desarrollaban luchas relacionadas con la distribución o el control de los recursos naturales. Unos conflictos que, en general, encubren los intereses de compañías multinacionales que expolian esas tierras para abastecer los mercados ricos. Es decir: hay menos luchas tribales que intereses geopolíticos y económicos internacionales.

Para muestra basta un teléfono móvil, una computadora o un trozo de fibra óptica. El 80 por ciento de las reservas del material que se emplean para fabricar estos dispositivos, el coltán, se ubican en el Congo. Como explica Maximiliano Sbarbi Osuna, autor de Nueva guerra por los recursos, la obtención de este material —formado por la fusión de dos minerales: columnita y tantalita— ha llevado a las compañías a invertir «sumas considerables en desarrollar ejércitos privados para proteger y desarrollar esta industria en África». Un dato clave para entender las sangrienta guerra civil en aquel país africano y sopesar, al menos, la imagen de lucha de carácter tribal transmitida los medios tradicionales.

Entre tanto, los países de procedencia de estas poderosas compañías cierran sus fronteras, obsesionados por blindarse contra los pobres del mundo... Lo paradójico es que, entre otros, los ricos se blindan contra las personas que huyen de los países pobres donde las multinacionales han promovido conflictos bélicos.

Con esa mirada tan miope del asunto, la voz de los refugiados —como la del resto de migrantes— se ve presa de un enfoque mediático y político que analiza los movimientos de personas en meros términos económicos: oferta y demanda de mano de obra. Y aunque la diferencia entre ambas tipologías resulte fundamental (unos carecen de protección básica por parte de sus propios gobiernos), en el fondo todos resultan víctimas de un mundo desigual.

Y eso que las leyes internacionales aún eluden calificar como refugiados a las víctimas de los conflictos medioambientales. En ese caso, las cifras de parias desterrados a la fuerza aumentaría de modo exagerado. Hoy, los expertos calculan que existen 35 millones de personas sin hogar por culpa de los efectos del cambio climático. Un fenómeno que se ha acentuado por la acción del ser humano, y, sobre todo, de los integrantes de las economías ricas. Otra vez, lo pobres pagan el pato por partida doble.


VICTIMAS DE LA GUERRA
CONTRA EL TERRORISMO

Irak destaca como paradigma del blindaje del mundo rico. La guerra de 2003, uno de los alrededor de 22 conflictos armados de los últimos nueve años, causó un aumento significativo de desplazamientos forzados. Como si las fronteras sangraran, 4,5 millones de iraquíes emanaron de sus tierras. La mayoría pudo llegar con lo puesto a ciudades de países vecinos, como Siria y Jordania. Pero al resto se les negó la entrada y quedaron librados a su suerte en campamentos improvisados entre los puestos fronterizos, sobre una franja de cinco kilómetros de desierto que, literalmente, es tierra de nadie. Alrededor de 800 personas viven en esa especie de limbo político, azotados por los 50 grados en verano, la picadura de algún escorpión del tamaño de un zapato, la furia de una tormenta de arena o el gélido invierno.

Mientras Siria, Jordania, Líbano, Egipto e Irán se desbordaron al recibir en total a dos millones de personas, países de la Unión Europea —muchos de los cuales había apoyado a Estados Unidos en la ocupación militar—, decidieron blindar sus fronteras y mirar hacia otro lado. Según el último informe de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), la UE atendió en 2007 sólo a 38.286 solicitantes de asilo provenientes del país de Oriente Medio. España, en concreto, a 1.598, la mayoría de los cuales solicitaron refugio en la embajada de El Cairo.

«Ninguno logró asilo por esa vía diplomática, aunque sí obtuvieron protección» gran parte de quienes la solicitaron en territorio nacional, aseguraba al diario El País, de Madrid, Mauricio Valiente, uno de los coordinadores del informe de la CEAR. En tanto, desde el Ministerio del Interior de España explicaban al mismo medio: «Se han denegado porque al solicitarse en Egipto consideramos que no corren peligro».

Justificaciones parecidas deben de haber recibido las 7.458 personas de distintas nacionalidades cuyos pedidos de refugio fueron rechazados en 2007 por esa administración. Entonces, sólo admitió 204; es decir: el 3,14 por ciento. Para la CEAR, según concluye en el informe anual de 2008, está claro: «El derecho de asilo está inmerso en una profunda crisis en España y en el conjunto de la Unión Europea». Una frase que invita a pensar en la injusticia de las relaciones internacionales en un mundo donde a los poderosos ya no les basta con explotar a los pobres y sus recursos naturales. Además, ahora tejen políticas para invertir la carga de la culpa hacia las víctimas de los conflictos engendrados por ese sistema de explotación.

 

 

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