Reseñas

Algunos amores son más imposibles que otros
Todos nos llamamos Alí, de R. W. Fassbinder

¿La belleza? En la basura
Los espigadores y la espigadora, de A. Varda


Textos cinéfilos

Tu película es mía y hago con ella lo que quiero (firmado: El distribuidor)
Sexo, mentiras y Hollywood, de P. Biskind

El genio inaccesible que necesitaba hablar por teléfono
Kubrick, de M. Herr

 





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El autor y su obra

Kubrick en Anagrama

Stanley Kubrick...

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Senderos de gloria
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¡Volamos hacia Moscú!

 

 

KUBRICK VISTO POR MICHAEL HERR

El genio inaccesible
que necesitaba hablar por teléfono

 

Michael Herr reúne en este volumen publicado por Anagrama un rico anecdotario que ilustra la personalidad, costumbres y obsesiones del cineasta. Lejos del mito, su retrato devuelve un perfil humano del director de La naranja mecánica o Senderos de gloria.

 

Óscar Soler P.
oscar_teina[arroba]yahoo.es

 

En su libro Kubrick, Michael Herr descubre que los rumores eran ciertos: el autor de La naranja mecánica era humano. Solía divertirse con telecomedias, como Seinfeld o Los Simpsons, le encantaba el dinero y hasta metió a su novia en la escena final de Senderos de gloria para causarle buena impresión... Al parecer, Kubrick rodó la última escena de la película sólo para que Suzanne Christian saliese. Como no podía ser de otra forma, también este fue un golpe maestro por parte del genial director: el matrimonio le duró cuarenta años, es decir, toda su vida.

Herr, escritor y periodista, reúne en este volumen publicado por Anagrama un rico anecdotario donde hace hincapié en la personalidad, costumbres y obsesiones del cineasta. Según explica, su amistad con Kubrick empezó por teléfono y gran parte de la relación entre ambos consistió en que el director le llamaba casi a cada rato. De hecho, terminó tan harto de Kubrick que en ocasiones evitaba descolgar el aparato. «¿Es que no tiene otra cosa que hacer?», sostiene que le tuvo que decir más de una vez. Aunque Herr demuestra página tras página el gran aprecio que sintió por Kubrik, también deja claro que este tenía un concepto utilitarista de la relación: le usaba para recabar información.

EL AUTOR Y SUS MANÍAS

Stanley Kubrick (1928-1999) rodó casi una docena de obras maestras —dirigió trece películas en toda su carrera—. Su éxito le ponía en el punto de mira de los medios de comunicación, que trataron de convertirlo —sin éxito— en un personaje público. Le parecía una locura conceder entrevistas y vivió apartado del famoseo, de modo que la prensa le presentó como un ogro solitario, un tipo misántropo a la par que arrogante. Cuando estrenó su última película, Eyes Wide Shut (1999), los medios, el público y los críticos se indignaron con él porque esperaban una obra repleta de sexo: gran cantidad y lo más explícita posible. Y, nada, se quedaron con las ganas.

La prensa también dijo que era un tipo frío. Sin embargo, Herr insiste en lo contrario: es cierto que vivía recluido en su casa —en realidad, una finca inmensa—, que no le gustaba fotografiarse y que le resultaba incómodo el contacto físico. Pero era una persona sociable, con buen sentido del humor... Al menos por teléfono. Y sí, de acuerdo: también era obsesivo y muy reservado. Y también tenía una opinión bastante elevada de sí mismo. Aunque Herr invierte varias páginas en desmentir la tremenda egolatría de Kubrick, no por ello le escatima perlas de este al lector como «no es culpa mía si soy tan inteligente» o reflexiones donde su amigo con la boca grande decía ser uno más dentro del cine, pero con la pequeña opinaba que él era el más grande.

QUIERO TU CHEQUE

Para qué negarlo: Kubrick consideraba que era un privilegio trabajar con él. En el plató se hacía lo que él decía, o a la calle. No levantaba la voz, no gritaba. Cada cual tenía bien claro cuál era su papel, aunque su manera de trabajar resultaba desconcertante para el equipo: rodaba decenas y decenas de tomas, «hasta que salga bien», decía. Esa leyenda negra era bien cierta: las tomas se contaban por centenares y los actores trataban de averiguar —desesperados— qué era lo que Kubrick necesitaba.

¿Y cuál era la respuesta? ¿Qué era lo que buscaba? Sin duda, una de las claves se encontraba en la actitud de Kubrick frente a la hipocresía: la detestaba, la consideraba la esencia corrupta de los conflictos humanos. Y de entre todas las manifestaciones de la hipocresía, lo que más odiaba era la beatería y el sentimentalismo. Este fue uno de los motivos fundamentales de que Kubrick alejase a los actores lo más posible de un estilo naturalista, real, socialmente creíble. Normalmente seleccionaba las tomas donde los actores aparecían más exagerados, incómodos o confusos. Entre toma y toma solía decirles: «esto ha sido mucho más real, pero no ha sido tan interesante».

Por otra parte, el dinero era la segunda faceta más importante en la vida de este cineasta. Herr le tenía por un gran amigo, por un tipo trabajador; pero también por alguien que actuaba fundamentalmente por dinero. Kubrick era un negociante y su tacañería era proverbial. Según el autor: «tenía una obsesión patológica con el dinero». De hecho, Kubrick se ofendía con el derroche y gustaba de utilizar una cita del famoso compositor Sammy Cahn, quien a la pregunta de qué era primero en sus obras, si la música o la letra, respondió tajante: «El cheque».

Se nota que Herr escribió este libro para desahogarse, pero con un grandísimo respeto por su amigo. Si bien adoraba a Kubrick, no cayó en el tópico de ponerlo como un genio incomprendido, plano, irreal. En absoluto. Al contrario: su relato le devuelve al genial e inaccesible director la categoría de ser humano. Un humano particular —millonario, con tiempo para el ocio, enganchado al teléfono y casado cuarenta años con una mujer estupenda—; pero también una persona con una astucia tremenda para esquivar aquello que más detestaba: la hipocresía y la prensa.

 

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