Reseñas

Algunos amores son más imposibles que otros
Todos nos llamamos Alí, de R. W. Fassbinder

¿La belleza? En la basura
Los espigadores y la espigadora, de A. Varda


Textos cinéfilos

Tu película es mía y hago con ella lo que quiero (firmado: El distribuidor)
Sexo, mentiras y Hollywood, de P. Biskind

El genio inaccesible que necesitaba hablar por teléfono
Kubrick, de M. Herr

 





...........................

Enlaces

Todos nos llamamos Alí en Wikipedia

Filmografía completa de Fassbinder

 

 

TODOS NOS LLAMAMOS ALÍ, DE RAINER W. FASSBINDER

Algunos amores
son más imposibles que otros

 

Una limpiadora que fue en su día devota de Hitler decide acoger en su casa a un inmigrante marroquí que no tiene dónde dormir. Este sencillo argumento le sirve a Fassbinder para poner de manifiesto el conservadurismo de la sociedad alemana de posguerra; pero también para reflexionar sobre los difusos límites que puede haber entre ideología y solidaridad debido a la soledad.

 

Luis Rubén León
luisruleon [arroba] gmail.com

 

Rainer Werner Fassbinder, uno de los autores más prolíficos de la historia del cine, rescató los esquemas del melodrama clásico hollywodiense y los trasladó a la Alemania contemporánea. Estas estructuras no sólo demostraron no estar obsoletas, sino que a él le sirvieron para revelar los males ocultos de una sociedad que creía haber superado su pasado. 

El cine, como la literatura, ha convertido en recurrentes determinados argumentos que se han ido repitiendo en su todavía breve historia. Así como la estructura y los temas de La odisea han sido revisitados por cientos de escritores posteriores a Homero, en el séptimo arte, algunas historias han calado tan hondo que se han convertido en parte de su idiosincrasia. Por ejemplo: un melodrama en el que una mujer se enamora de un hombre que no le conviene. Este hombre no es malvado y no va a hacerle la vida imposible, pero no le conviene porque la sociedad así lo determina. El hombre es más joven que la mujer, o más pobre. O es negro. O árabe. 

Cuando Fassbinder rodó Todos nos llamamos Alí sabía que estaba realizando un remake más o menos encubierto de Sólo el cielo lo sabe, un melodrama de Douglas Sirk que no gozó del respeto de sus contemporáneos, pero que ha ido ganando prestigio hasta ser considerada actualmente una obra maestra. Después de Fassbinder, otros han vuelto a retomar el tema. Todd Haynes, en su imprescindible Lejos del cielo, añadía elementos de la cinta de Fassbinder a la trama original, como la raza del protagonista. «¿Cómo puedes estar con él si es jardinero y, encima, negro?», se escuchaba allí.


EL RESTAURANTE DONDE COMÍA HITLER

Alí es un inmigrante marroquí que le sirve al director como símbolo de todos los árabes que viven en Alemania. Alí no se llama Alí, pero esa es la manera en que se dirigen los alemanes a cualquiera de su colectivo. Esta despersonalización a través del lenguaje era una práctica común en los campos de concentración que gestionaban los nazis. Quizá en los 70 la Segunda Guerra Mundial parecía lejana, pero estaba todavía muy presente en los corazones y las mentes de los habitantes del país.

Emmi, la protagonista, es una mujer de edad que trabaja como limpiadora y que, casualmente, aparece en un bar en el que acostumbran a reunirse Alí y sus amigos. Sin conocerle de nada, Emmi acoge a Alí en su casa y termina acostándose con él.

Los sorprendente es que Emmi tiene un pasado filonazi y se siente fascinada por la figura de Hitler. No es la única. En la secuencia en la que celebran su solitaria boda, Alí y ella visitan un restaurante en el que solía comer el dictador. Ambos se sienten profundamente impresionados por el lugar, en el que parece persistir de algún modo que no aciertan a comprender la presencia de los antiguos comensales. Del mismo modo, la actitud racista del III Reich no ha abandonado a los alemanes. Cuando Emmi anuncia su compromiso con el marroquí todos le dan la espalda. Sus hijos la insultan, olvidando que su padre fue un inmigrante polaco. Sus compañeras de trabajo la consideran una apestada. Hasta el frutero del barrio se niega a despacharla. Efectivamente, el espíritu del pasado sigue flotando en el aire.


SOLEDAD O SOLIDARIDAD

En mitad de la cinta, la historia toma un giro inesperado. Del mismo modo que la historia de Alemania pareció dejar atrás su racismo, cuando la pareja vuelve de su viaje de novios, los que les rodean han cambiado de actitud hacia Alí. Uno de los hijos de Emmi quiere dejar a los nietos con su abuela, y para ello debe transigir; las vecinas acogen a Alí porque les ayuda a cargar con unos muebles; las compañeras de trabajo  de Emmi deciden tomarla con una nueva trabajadora, procedente del este. Fassbinder deja bien claro al espectador que el cambio en todos los personajes es interesado, pero Emmi vuelve a desconcertarnos cuando se une al coro que desprecia a la joven trabajadora extranjera.

Pensando que acoger a Alí había sido un acto de solidaridad, descubrimos que su gesto no era del todo desinteresado, y que Emmi se parece más de lo que creemos al resto de sus compatriotas. La soledad es la que impulsa la acción de acoger al inmigrante en su hogar y acabar en sus brazos. Fassbinder supera así el maniqueísmo primitivo del Hollywood clásico, en el que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Emmi no es la bondad personificada, es una mujer mediocre y solitaria que busca desesperadamente afecto, aunque conseguirlo le suponga pisotear sus convicciones ideológicas.

Pero Alí tampoco es ningún santo. Al estabilizarse el matrimonio, el marido se aburre y decide buscar diversión lejos de su vieja esposa: vuelve a frecuentar el bar en el que se reúnen sus paisanos, bebe más de la cuenta y acaba acostándose con la lozana y turgente camarera. La pareja parece haber olvidado el momento en el que se reunieron y en el que ambos bajaron sus defensas y entregaron algo al otro de manera completamente desinteresada. Emmi dejó de ser una anciana egoísta y xenófoba y Alí hizo caso omiso de la distancia ideológica y de la edad que les separaba.

Fassbinder no entrega una conclusión al final de la película. Se antoja que la pareja va a reconciliarse y reunirse de nuevo cuando Ali claudica de su infidelidad y sus poco saludables costumbres. De pronto, el marroquí descubre que padece un mal llamado «úlcera del inmigrante», provocado por el estrés que le produce su condición de recién llegado a una tierra extraña y que le lleva al hospital. Una vez allí, Emmi se compromete a cuidarle. De nuevo ambos han hecho algo el uno por el otro aunque no se decide si lo que les une de nuevo es la solidaridad o, simplemente, la soledad.

Todos nos llamamos Alí se convierte en una película sustentada en imposibles. El amor duradero no existe, es un sentimiento pasajero que se esfuma con el transcurso de los meses. La solidaridad es una falacia interesada. La gente no es capaz de cambiar para bien y la sociedad es un ente conservador encerrado en sí mismo que no admite ni el más leve atisbo de cambio. Pero un destello de humanidad aparece al final, cuando los protagonistas se acercan de nuevo el uno al otro. Los motivos ya no son lo importante. Sólo permanece un gesto desinteresado del que, quizás, todavía podamos tomar ejemplo.

 

 

Arriba