TALI ELBERT, FOTÓGRAFA DE LA SERIE PARIR

«Los partos naturales
le devuelven a la mujer el poder que tiene para parir»

En un hospital de la ciudad de Córdoba (Argentina), Tali Elbert fotografió durante dos años partos naturales, es decir, aquellos donde no se usan las técnicas habituales —peridural, oxitocina por goteo o episiotomía, por ejemplo— que suelen imponer los médicos a las futuras madres. En la Argentina, por ley, están regulados los derechos de las parturientas; sin embargo, la mayoría de las mujeres los desconocen y muchos hospitales los incumplen. ¿Quién tiene el poder real para decidir sobre el cuerpo de una mujer?

María Laura Nieto
teina@estudiocasa.com.ar

El parto es un acontecimiento político regulado culturalmente a través de las instituciones. De hecho, en la Argentina existe la Ley Nacional 25.929 de 2004, que establece derechos y obligaciones de las partes actuantes durante el nacimiento. Sin embargo, al momento de parir, las mujeres suelen someterse sin miramientos a las prácticas médicas convencionales, donde los que saben son los médicos y el embarazo es tratado como una enfermedad.

Se insiste en el miedo y el dolor, asegura Tali Elbert. Esto justifica prácticas, hoy entendidas imprescindibles, como la aplicación de la anestesia peridural. Con ello se insensibiliza el dolor, pero a la vez el placer. En el parto humanizado, en cambio, se fortalece una memoria instintiva del parir, sin anestesia y sin oxitocina agregada, sólo con el pleno protagonismo del cuerpo femenino y su sensibilidad. A veces —como le confesaron a Tali algunas mujeres que compartieron con ella los nacimientos de sus hijos— hasta el punto de llegar a un orgasmo.

Confesiones íntimas que fueron posibles gracias a que Tali trabajó durante cuatro años en el hospital Misericordia de la ciudad de Córdoba y los dos últimos fotografió solo «partos humanizados» en la guardia a cargo de la obstetra Celsa Bruenner. En paralelo asistía al taller de fotografía de Adriana Lestido, en Buenos Aires. Así de grande fue su obsesión: dormía en las guardias del hospital a la espera de fotografiar partos y viajaba de una provincia a la otra para perfeccionar su fotografía. Es en ese momento cuando descubre que lo suyo son las imágenes más que las palabras.

Un proceso largo que comenzó en Chaco, su ciudad natal, cuando su padre le regaló una cámara. Luego continuó durante sus estudios de Comunicación Social en Córdoba, mientras preparaba un trabajo para la facultad en el hospital, donde primero recorrió los pasillos, después la sala de posparto y, finalmente, por iniciativa propia, se quedó en la sala de partos. Cuenta que allí experimentó una sensación física tan fuerte que al principio el cuerpo le palpitaba y le impedía disparar. Es que presenció los nacimientos tan de cerca que una vez se le mojaron las zapatillas.

Y tan cerca estuvo que se convirtió, como ella misma se define, en una militante de la causa. Ha expuesto ya su serie Parir en el Centro Cultural Recoleta; sin embargo, no considerará su trabajo terminado hasta que no fotografíe partos debajo el agua, y por supuesto el suyo propio. Desde 2005 vive en Buenos Aires, trabaja como fotógrafa para el diario Perfil y ahora —dice— le toca a ella estar del otro lado: hoy es la entrevistada.

En el momento del parto ¿las mujeres tienen derechos?
Sí, aunque generalmente no se respetan. Casi siempre es el médico quien decide cómo se hace el parto y no la mujer. La Ley 25.929 (1) aprobada en 2004 protege los derechos de las parturientas, pero no se cumple en casi ninguna institución. Básicamente la ley dice que la mujer puede elegir cómo parir, con quién estar acompañada, elegir la posición. En los partos clásicos se las acuesta y se les coloca las piernas en una especie de estribos donde no pueden moverse. El poder lo tiene el médico, quien queda en una postura cómoda. De otro modo, si la mujer elige estar en cuclillas por ejemplo, el médico es quien tiene que agacharse casi al ras del piso, queda en una posición incómoda y pasa a un segundo plano.

Conozco a muchas mujeres que piden como condición la peridural.
Con la peridural se elimina el dolor, pero también el placer: anestesia la zona del vientre, y lo deja muerto. Constantemente venden que usarla para parir es lo mejor. Pero la mayoría de las veces esto tiene que ver con un conjunto de intervenciones de rutina innecesarias. Por ejemplo, lo que definen como «conducir el parto». ¿Quién conduce el parto? Aplican oxitocina en dosis mayores a las que el cuerpo puede asimilar naturalmente para acelerar un proceso, lo que provoca contracciones muy fuertes y dolorosas que la mujer no puede dominar y es en ese momento cuando pide la anestesia. La implementación sistemática de estas prácticas impide que la mujer pueda elegir qué es lo que quiere y qué es lo que no.

DIFUNDIR OTRA FORMA DE PARIR

¿Cómo surgió la idea de fotografiar partos?
Yo estudiaba Comunicación Social en la ciudad de Córdoba y para la materia Planificación y Evaluación de Proyectos debíamos hacer un trabajo sobre instituciones de salud. Con el grupo de la facultad llegamos al hospital público Misericordia, un lugar enorme donde no sabíamos cómo desenvolvernos. Durante un año realizamos entrevistas y talleres. En simultaneo descubrí que me interesaba la fotografía como lenguaje. Entonces me quedé, esta vez por iniciativa propia, y fotografíe la sala de posparto. Un día una enfermera me preguntó si me interesaba presenciar un parto y le contesté que sí. Después comencé a fotografiar «partos humanizados» y me quedé en el hospital dos años más.

¿Dónde tomaste las fotografías?
Dentro del mismo hospital, en la guardia a cargo de la obstetra Celsa Bruenner, durante 2003 y 2004. Esta guardia era el único espacio dentro de la institución donde trabajaban este tipo de partos. Celsa había trabajado durante muchos años en partos convencionales hasta que se dio cuenta de que no podía seguir trabajando de esa manera. Uno de los pioneros mundiales de «partos humanizados» es Michel Odent (2), quien trabaja en ello desde los 70.

¿Como obtuviste la autorización?
Me llevó un par de meses, y eso que me conocían. Conseguí la autorización firmada por el director, por la jefa de servicio de ginecología de obstetricia y por la enfermera que estaba a cargo de la guardia a la que asistía. Con las madres sólo lo conversaba.

¿Alguna te dijo «no»?
Una sola. Las mujeres con quienes me encontré en el hospital estaban muy castigadas; a veces, en situaciones de mucha soledad. Creo que tenía que ver con eso. Cuando me mudé a Buenos Aires, asistí durante meses a un taller de embarazadas para fotografiar partos en casas; pero no pude acceder a ninguno. Elegir la casa propia implica un nivel de intimidad muy profundo.

¿Qué te motivó a fotografiar sólo «partos humanizados»?
No me interesaban los partos convencionales. No quería hacer una denuncia. Quería mostrar lo que no se conoce tanto y hacerlo crecer. Con el tiempo me convertí en una especie de militante. Siempre aprovecho la brecha para mostrarle a una mujer que existe otro modo. Aunque la decisión de elegir cómo parir, es muy personal.

¿Por qué elegiste el blanco y negro?
Porque el color desviaba la atención hacia algo que no era lo que yo quería mostrar. Utilicé la luz ambiente de la sala y un lente normal (50 mm.). He llegado a estar muy cerca. Tanto que en un parto se me mojaron las zapatillas. Fue impresionante, cada vez que me acuerdo no puedo creer haber estado ahí.

DEVOLVERLE EL PODER A LA MUJER

¿Cómo convive Celsa con la institución?
Nada contra la corriente. Los partos de estas características sólo se hacían en su guardia. Ella trabajaba junto a la doula —la mujer que acompaña el parto— Mariana Macua y tenía varios residentes, pero la mirada del resto de los colegas era convencional. Llegabas a la guardia otro día y el trabajo era el clásico. Además, en un parto natural es importante coincidir con el neonatólogo, así el recién nacido puede quedarse más tiempo con la madre. De lo contrario, enseguida cortan el cordón, se lo llevan para limpiarlo, cambiarlo, medirlo y la madre no lo ve. Pero nadar en contra de la corriente no es sencillo: el día en que inauguré la muestra me enteré que el Ministerio de Salud trasladaba a Celsa a un cargo administrativo. Una decisión política estratégica que deja en claro que el parto y el nacimiento son un acontecimiento político.

¿Las mujeres a punto de parir llegaban a la guardia por casualidad, sin un trabajo previo?
Sí. En esta clase de partos se estimula una memoria que el cuerpo tiene desde siempre, ese es el modo en que las mujeres parían hace mucho tiempo. El área de influencia de este hospital es una zona excluida de la ciudad de Córdoba, y a veces, llegaban mujeres que no se habían hecho controles durante todo el embarazo. Es más: a ellas les llamaba la atención que las trataran bien. ¿Por qué esta médica me deja caminar y con mi hijo anterior me acostaron y no me dejaron mover? o ¿por qué me dejan comer? Hay muchas prácticas culturales que se asumen sin cuestionamientos. Ellas no pedían nada. Una mujer pide anestesia cuando estuvieron durante meses diciéndole que era lo mejor. Otra práctica muy violenta que suele hacerse en los partos clásicos es la episiotomía, un corte en el periné para agrandar la apertura vaginal. Son prácticas invasivas que tienen que ver con el poder de tomar las decisiones en el parto. La idea de los partos naturales es devolverle a la mujer el poder que tiene para parir.

¿Estuviste en algún parto con complicaciones?
No. Hay más peligro cuando se interviene de más que cuando se fortalece un proceso primitivo, natural e instintivo, que hace siglos funciona así. La naturaleza existe antes que los médicos. Si un embarazo se dio sin complicaciones, la madre está sana, fuerte, la posibilidad de que haya peligro en el parto es mínima. Se busca que la mujer confíe en su propio cuerpo. Algunas hasta me confesaron que habían tenido un orgasmo. Pero de eso, no se habla.

En una de las fotografías de la serie se ve la mano de una mujer estimulándose. ¿Cómo fue?
Ella estaba agotada, sentía que no podía más. Para alentarla, la obstetra le dijo que la cabeza del bebé asomaba; entonces ella se tocó. De hecho, lo que está tocando es la cabeza de su hijo.

¿Te sentiste incómoda por fotografiar momentos tan íntimos?
Sentía pudor de estar ahí. Pero en todo caso, lo importante es saber desde qué lugar uno observa. Siempre tuve en claro que quería acompañar, y para eso hay que estar adentro. Con las embarazadas tengo empatía, pero además fui paciente. A veces me quedaba en la guardia quince horas esperando y volvía a casa sin poder hacer una foto. Como contrapartida vivía momentos muy reconfortantes, por ejemplo, cuando después de dos o tres meses del parto les llevaba las fotos a las madres. Era fuerte. Habíamos compartido un momento muy feliz: el nacimiento de sus hijos.

EL NACIMIENTO ES PARA TODA LA VIDA

¿Cómo seleccionaste las fotografías que quedaron en la serie Parir?
En 2003 empecé a fotografiar partos en Córdoba, donde vivía, y paralelamente viajaba a Buenos Aires una vez por mes para asitir al taller de Adriana Lestido. Junto a Adriana y mis compañeros seleccioné las fotografías que quedaron en la serie. Fue la mirada de todos fusionada en una. Al principio me costó que quedaran tan pocas fotos, sólo 10 después de tanto esfuerzo. En el cuaderno de la muestra, la gente me escribía que se quedaba con ganas de ver más. Pero cuando uno puede sintetizar lo esencial y contar algo con la menor cantidad de imágenes posibles, eso se vuelve poderoso.

¿Después hiciste otro trabajo fotográfico?
Sí. Cuando yo iba a la pileta coincidió que en el mismo horario iban adultos mayores, de más de ochenta años. Me emocionaba su energía y verlos moverse, entonces, mientras nadábamos los fotografié debajo del agua. Esto devino en la serie Pasajes. Para mí era como si se estuvieran yéndo suavemente…como hacía poco se había ido mi papá. Hacer este trabajo supuso un alivio frente al dolor que significó su muerte. El agua ayuda a que todo sea más suave, más calmo; «los dolores del cuerpo son más livianos» escuchaba decir en las conversaciones. Al tiempo reconocí la relación entre mis dos trabajos: el agua como elemento esencial.

¿Seguirías fotografiando partos?
Me gustaría continuarlo. El trabajo se detuvo porque me mudé de ciudad. Siento que aún hay cosas por descubrir. Esta primer etapa esta cerrada; pero ahora, en otra instancia de mi vida, me gustaría profundizar. Mi sueño es fotografiar un parto en el agua.

¿Involucrarte en los partos humanizados se convirtió en una obsesión?
Empezó como una necesidad, como una fuerza interna. Cuando volvía a mi casa pensaba en la próxima vez que iba a estar allí. Recién ahora que pasaron cuatro años puedo reconstruirlo. Creo que uno llega al mundo muy solo. Mi obsesión es mirar para atrás, volver al origen; ir al revés del curso natural del tiempo. Salimos de la panza y ya nunca podemos volver. Pareciera que ese momento se esfuma y, sin embargo, es una marca que permanece durante el resto de tu vida. A raíz de este trabajo le pregunté a mi mamá como había sido mi nacimiento, empecé a hablar de cosas que antes no hablaba.

¿Pensás en ser madre?
Sí. Y llegado ese día pediré a alguien que fotografíe mi parto y, si es posible, también lo haré yo. Entonces podré decir que concluí el trabajo.